
Cuando se crea la escuela tal como la conocemos ahora, el objetivo principal era formar a individuos para que pudieran incorporarse de inmediato al mundo del trabajo. La institución educativa tenía que enseñar cuestiones simples y las operaciones fundamentales. Más que enseñar, se daba la sistemática de la obediencia. La obediencia y el control. La lógica que tenemos en los siglos XIX y XX está caracterizada por la industria, la industrialización, la mecanización. La máquina cambia todas las reglas del juego y se pasa del mundo manual al mundo industrial. El gran problema que tenemos es que aun vivimos en un mundo mecánico tanto en la escuela como en los medios, aunque nos encontremos en un contexto de carácter informacional.
En el siglo XIX, la máquina de montaje de la fábrica de tipo forista es otro de los inventos centrales que cambia la estructura social de la época. La cadena de montaje tiene mucho que ver no solo con la reproducción que caracteriza a este siglo, sino que también es fundamental para entender la estandarización, que es otro de los paradigmas bajo los cuales se desarrolla y se potencia el modelo educativo y comunicativo que todavía tenemos hoy.
El mundo que se construye en los siglos XIX y XX está en coherencia y equilibrio con el desarrollo de las tecnologías de su época. Sin embargo, en pleno siglo XXI seguimos con las mismas dinámicas del pasado. Si entramos en una escuela de nuestro tiempo encontraremos un espacio del siglo XIX o XX. Es un lugar de emisores y receptores. Tomando las teorías de Paulo Freire, la escuela de hoy no está al servicio de un proceso educativo transformador en el que los alumnos comprendan críticamente su realidad y adquieran instrumentos para cambiarla. No es un espacio donde se vea una buena comunicación, ni diálogo, ni participación. Por otro lado, la formación a los profesores sigue los mismos parámetros que hace 50 o 90 años, con la diferencia del uso de algunos elementos tecnológico.